“…era un extraño y me hospedaron”

Jorge Castillo


A

l llegar a Taiwán, de entre las primeras cosas que se perciben es la inmensa cantidad de fábricas e industrias, además de la cantidad de concreto y edificación para crear carreteras, autopistas y vías de comunicación. “Llegué al Primer Mundo”, fue lo primero que pensé. Pero basta con averiguar un poco, unas preguntas por aquí y otras por allá, y rápidamente uno se entera que la principal mano de obra viene de países cercanos. El “obrero” que mueve la industria y construye las grandes autopistas no es taiwanés, sino que es filipino, indonesio, tailandés y últimamente, también vietnamita.

 

Hablar de la realidad de estos “inmigrantes” es hablar de una gran problemática. La lejanía del hogar, de la “Madre Patria” produce en cualquier extranjero ese extraño sentimiento de nostalgia, tristeza y sinsabor. A veces es el papá el que ha tenido que llegar a estas tierras en busca de una “vida mejor”, o quizás la mamá; y entonces no es difícil imaginar los problemas que tiene que encarar una familia separada por la necesidad. En la mayoría de las situaciones es el trabajo esclavizante que tienen que enfrentar, de 14 horas diarias, de 7 días a la semana, y sin permiso para salir de la habitación en la que viven porque el pasaporte ha sido decomisado. Sin embargo, es en la Iglesia donde muchos de estos hermanos nuestros, han podido encontrar no sólo un refugio, sino también un hogar de hermanos, un lugar donde poder hablar libremente sin presiones, un lugar para celebrar y recordar, para reír y para alegrarse. Muchos de estos hermanos que pueblan nuestras Iglesias son filipinos, pues es el único país asiático con mayoría católica. Es un pueblo con multidiversidad lingüística, pero con un denominador común: sencillez de vida y espíritu de lucha.

 

Me topé con esta realidad casi por casualidad.  Apenas llegado a este país no podía involucrarme en la pastoral de habla china, por la lógica imposibilidad del idioma. Así que mientras me dedicaba al estudio de éste apoyé un poco la pastoral de habla inglesa que es básicamente con hermanos inmigrantes de Filipinas. En Keelung, donde tenemos una parroquia, solemos celebrar la Eucaristía dominical en inglés con los filipinos, al iniciar llenaban unas 50 personas aproximadamente, número que aunque parezca pequeño en algunas partes del mundo, es un número alto de católicos en Taiwán. Con esta comunidad hemos compartido varias semanas de formación Bíblica, más bien sería de compartir bíblico; un día de retiro, y muchos motivos de celebración. Por la tarde iba a dos dormitorios a celebrar la Eucaristía, pues estos hermanos nuestros tenían que trabajar el domingo, un grupo hasta las 6pm, y el otro hasta las 9pm. Con ellos el compartir fue más sencillo, por motivo del tiempo y la pequeñez del local (dormitorios familiares forzados a abrigar 30 obreros). Con uno de este grupo me tocó compartir el “justo reclamo”, pues no contentos con que el contrato no era cumplido me pidieron les buscase asesoría para poder hablar con su Jefe y así conseguir una mejor calidad de trabajo, y además sin represalias. Algo conseguimos. Últimamente estoy celebrando la Eucaristía con otro pequeño grupo en otra localidad. La mayoría son filipinos, pero suelen venir con nosotros algunos vietnamitas, y de vez en cuando alguna familia taiwanesa. Aquí el reto es la comunicación, pues no hay inglés que valga, y como los vietnamitas entienden más o menos el chino, hacemos mejor de nuestra parte.

 

Dadas las últimas políticas gubernamentales que buscan favorecer al obrero local en la búsqueda de nuevos empleos, el Gobierno se ha propuesto disminuir considerablemente el número de obreros extranjeros. Y lo está consiguiendo. Y esto lo sentimos en nuestra feligresía extranjera, pues cada vez son menos. Y así, en todos los que colaboramos un poco en esta Pastoral de Inmigrantes nos queda el gusto de haber compartido un poco la semilla del Evangelio con estos hermanos nuestros. Y al final esperamos haber hecho un poco realidad aquello de: “Era un extraño y me hospedaron…….”

Jorge Castillo, cmf